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3.-LA PINTURA ROMÁNTICA ALEMANA

3.-LA PINTURA ROMÁNTICA ALEMANA

LA PINTURA ROMÁNTICA ALEMANA

Los escritores y artistas alemanes fueron la fuente principal del romanticismo europeo. En el terreno de la pintura hay que destacar la importancia del paisaje romántico alemán y, en especial, las obras de este género pintadas por Caspar David Friedrich, nacido en 1774 y muerto en 1840, aunque lo más interesante de su producción se sitúa a partir del arranque del siglo XIX.
La filosofía romántica era panteísta, lo que significa que identificaba a la naturaleza con Dios. Así se comprende que los románticos situaran el género del paisaje por encima de cualquier otro y, desde luego, de la pintura de historia, pues si a ésta le correspondía la alta misión de narrar en imágenes las acciones memorables de los hombres, en el paisaje quien hablaba era el mismo Dios.
El pintor de paisaje romántico se internaba en la naturaleza buscando en los lugares más recónditos signos de ese lenguaje divino, que luego él representaba, otorgando a cada elemento natural elegido—una roca, una montaña, un árbol, un río, una senda— un carácter simbólico. En esta concepción romántica del paisaje convergieron, por tanto, la observación atenta de la naturaleza salvaje, en el sentido de la naturaleza pura, no contaminada antes por la huella del hombre, y una actitud mística que trataba de reconocer los mensajes del más allá, la lengua del Creador a través de su creación menos distorsionada, la naturaleza ensimismada.

En estas circunstancias, se explica que la contemplación de obras de este tipo produzca una especie de sobrecogimiento, un efecto sublime, que es el concepto estético que corresponde a lo que provoca esa mezcla de fascinación y terror ante lo ilimitado, lo inconmensurable.

Caspar David Friedrich

Entre estos pintores filósofos la figura capital fue Caspar David Friedrich, artista de personalidad introvertida, solitario, hipersensible y que llevó una vida casi de eremita. Friedrich nació en Greifswald, una pequeña ciudad portuaria del mar Báltico, en 1774, por tanto, coetáneo de la generación más relevante de pintores de paisaje románticos, como los británicos Turner y Constable nacidos, respectivamente, en 1775 y 1776.

De religión protestante e imbuido de las corrientes de misticismo pietista, Friedrich enseguida trató de formular una nueva iconología religiosa a través del paisaje, lo que levantó polémicas en la tradición protestante, que era iconoclasta. Todos sus paisajes son evidentes representaciones de lo sagrado, tengan o no cruces u otros signos religiosos explícitos, como catedrales o abadías góticas en ruinas, y los elementos figurativos, sean fragmentos de la naturaleza, hombres o cosas, están cargados de simbolismo. Así, los barcos en el mar simbolizan el transcurso de la vida del hombre; la luna que ilumina la noche marina es la representación simbólica de Jesucristo; los puertos, la llegada de las almas a su destino final, son como los cementerios, el fin del viaje y el paso definitivo al más allá; las anclas y mástiles de los barcos son símbolos de la cruz.

Entre las obras de Friedrich hay que destacar El monje junto al mar (1808-10), donde aparece la solitaria y diminuta figura de un monje en medio de una inmensa playa, cuya insignificancia se hace tanto más patente en medio de las tres monumentales bandas horizontales que lo rodean: la de la tierra, la del mar y la del cielo. El mar de hielo o El naufragio de Esperanza (1823-4), que representa a una fragata de este nombre atrapada por los hielos de un mar polar. En ambas obras, como en casi todas las de Friedrich, se alegoriza la precariedad del destino humano con un tono entre sublime y melancólico, expresión de una experiencia angustiosa.
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